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CRÍTICA: Drácula (2025) – un romance sacrílego

CRÍTICA: Drácula (2025) – un romance sacrílego

Sebastian Zavala Kahn

Crítico de cine

Muchas versiones de “Drácula” se han visto a través de los años, desde el clásico en blanco y negro con Bela Lugosi (y su contraparte española, que para muchos es superior a la original), hasta la versión estilizada y cachonda de Francis Ford Coppola y, por supuesto, las tres versiones de “Nosferatu”, incluyendo la que salió a principios de este año. Cada una cuenta con elementos únicos y estilos narrativos y visuales que, de alguna forma u otra, adaptan la historia de Bram Stoker (ya sea fielmente, o no tanto). Y ahora, tenemos al cineasta francés Luc Besson (“El quinto elemento”, “Leon el Profesional”) con un nuevo filme, esta vez protagonizado por Caleb Landry Jones (“¡Huye!”) y Christoph Waltz.

¿Qué es lo que propone Besson, entonces, con su “Drácula”? ¿Qué es lo que diferencia a su película de previas adaptaciones, como para que valga la pena darle una oportunidad? Pues lo que tenemos acá es una producción mucho más romántica que otras, que nos presenta a un Drácula maligno y violento, sí, pero cuyo amor por su amada Elisabeta motiva cada una de sus acciones. En cierto momento, el personaje hasta confiesa que en realidad no disfruta de la sangre; la necesita para sobrevivir, pero no es que le guste tomarla. Son aquellos detalles los que caracterizan a este Príncipe de los Vampiros como alguien un poquito más complejo y paradójicamente humano que los otros.

Pero me adelanto. “Drácula” comienza con un prólogo en el siglo quince, donde vemos a Vlad II de Rumanía, alias el Conde Drácula (Landry Jones) peleando en una guerra contra los musulmanes en nombre de Dios. Es en dicho conflicto, lamentablemente, que su esposa, la princesa Elisabeta (Zoë Bleu Sidel) termina siendo asesinada. No solo se trata del evento más trágico de la vida de nuestro protagonista, si no también de la máxima confirmación de que Dios no está de su lado. Por ende, el Conde decide asesinar a su sacerdote e insultar a Dios, lo cual resulta en una maldición que lo obliga a vivir para siempre y, por supuesto, depender de la sangre humana para sobrevivir.

Cuatrocientos años después, nos encontramos en París con un Sacerdote (Christoph Waltz), perteneciente a una orden que ha estado casando vampiros por siglos, encontrando a una nueva criatura de la noche en un asilo. La vampira Maria (Matilda de Angelis, de “Rose Island”) fue descubierta en una boda, y está ahora encerrada, sirviendo como evidencia del retorno de Drácula al mundo occidental. Resulta que el vampiro sigue en busca de su amada, quien cree puede haber vuelto a la vida. Y efectivamente ese es el caso, solo que la chica se encuentra ahora en el cuerpo de Mina (Bleu Sidel otra vez), novia de Jonathan Harker (Ewens Abid), abogado que va a visitar al Conde en su castillo en medio de las montañas. Obsesionado con Mina / Elisabeta, Drácula decide seducirla, pero sus actos traen consigo terribles y trágicas consecuencias.

A grandes rasgos, la historia clásica de “Drácula” se mantiene en esta película. Tenemos a un vampiro que viaja de su castillo a otro país en busca de su amada; a un abogado que inicialmente lo conoce en su morada y que de ahí se une al grupo que quiere acabar con la criatura; a un caza vampiros con conocimiento casi infinito sobre dichos monstruos; y a una chica que representa la poca humanidad que Drácula alguna vez tuvo. Es todo suficientemente fiel a la obra de Stoker, y debería resultar familiar tanto para quienes hayan visto cualquier versión previa de “Drácula”, como para quienes la hayan pasado bien con la reciente “Nosferatu” de Robert Eggers.

No obstante, la nueva cinta de Besson cuenta con diferencias importantes respecto a la novela. Por ejemplo, en vez de Van Helsing, tenemos ahora a un Sacerdote (sin nombre) que pretende cazar (o quizás redimir) a Drácula en nombre de Dios. Y como se dio a entender líneas arriba, el filme hace un mayor énfasis en el aspecto romántico de la historia, convirtiendo al Conde en un gran creyente en el amor, y en Mina / Elisabeta la única motivación por la que hace las cosas que hace. “Drácula” deja en claro con esto al comenzar con un montaje que involucra a la pareja besándose, teniendo sexo, comiendo, jugando y divirtiéndose, demostrando desde la primera escena que la columna vertebral emocional de la trama es el romance entre vampiro y humana.

Lo cual, valgan verdades, funciona bastante bien. Ayuda a que la historia de Drácula se convierta en una verdadera tragedia, y hasta afecta el desenlace de la película, el cual termina siendo algo distinto al de adaptaciones anteriores. Además, le permite a Besson enfatizar la sensualidad de los vampiros, convirtiendo al Conde en un tipo capaz de seducir y hasta controlar a quien quiera con la ayuda de un poderoso perfume. Esto resulta en secuencias memorables, como la de Drácula mordiendo a medio mundo en la Corte de Versalles, o al mismo personaje seduciendo a un grupo de monjas en un convento, que forman una suerte de cerro humano de deseo a su alrededor.

“Drácula” funciona, además, y en gran parte, gracias a su talentoso reparto. Caleb Landry Jones, uno de los actores norteamericanos más interesantes de su generación, está perfecto como el vampiro del título. Convincente tanto cuando es un viejo decrépito (con un trabajo de maquillaje francamente excepcional, y usando un peinado que hace referencia al Drácula de Gary Oldman) como cuando se le ve más joven y enérgico, Landry Jones logra otorgarle un estilo propio a su Drácula. Le da una palpable intensidad que por momentos es perturbadora y en otros seductora, y hace uso de una voz grave y de acento marcado para convertirlo en alguien excéntrico, pero nunca caricaturesco. Es muy pronto para decidir si es que se trata de una gran interpretación del famoso vampiro, pero ciertamente me sorprendió y hasta encantó.

Puede que la cinta le pertenezca a Landry Jones, pero el resto de actores hace un buen trabajo, también. Me gustó, por ejemplo, lo parco y relajado que es Christoph Waltz como el sacerdote. Lo interpreta como alguien que seguramente ha visto de todo, y que prefiere ser práctico frente a situaciones de peligro o sobrenaturales. Como Elisabeta y Mina, Zoë Bleu Sidel es suficientemente inocentona, manejando una química convincente con Landry Jones. Matilda de Angelis la pasa bien como María, una vampiresa enérgica y alocada, y Ewens Abid no está mal como Harker. Por lo menos tiene un acento creíble, a diferencia de la versión supuestamente británica de Keanu Reeves en la película de Ford Coppola.

Seguramente algunos argumentarán que no “necesitábamos” una nueva versión de esta historia para el cine, pero creo que el producto final habla por sí mismo. No, no llega a ser ni tan cachonda ni tan estilizada como la cinta de 1992, ni tan atmosférica como la “Nosferatu” más reciente. Pero entre la memorable e intensa actuación de Landry Jones, los efectos de maquillaje, sangre y hasta decapitaciones de primer nivel, y detalles inesperados (como el pequeño ejército de gárgolas de piedra del castillo de Drácula), esta nueva “Drácula” me terminó sorprendiendo gratamente. No creo que se trate de la mejor interpretación cinematográfica del clásico de Bram Stoker, pero igual es una experiencia que vale la pena tener en el cine.

Crítica de Sebastián Zavala Kahn

Comunicador audiovisual y crítico de cine. Bachiller en Comunicación Audiovisual por la PUCP; Maestría en Artes de MetFilm School en Londres; miembro de la APRECI —Asociación de Prensa Cinematográfica—, y la OFCS – Online Film Critics Society, y crítico oficial de Rottentomatoes.com. Integra el staff de las webs de Nintendo Pe, Cinencuentro y Ventana Indiscreta. Maneja el blog de cine SebaZavaReviews desde el 2012. Cofundador de NoEsEnSerie.com y FotografíaCalato.com, y coautor del libro Videogames You Will Never Play, del colectivo Unseen64.

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