Hacer una secuela de la innovadora “Jurassic Park” siempre iba a ser difícil. ¿Cómo superar lo realizado por Steven Spielberg en 1993? ¿Cómo hacer algo más narrativamente impresionante, esperanzador y visualmente impactante? ¿Y cómo justificar la continuación de una historia que, al parecer, había concluido definitivamente en la película original? Estas son algunas preguntas que seguramente se hicieron Spielberg y su guionista, David Koepp (“El día de la revelación”), cuando estaban en preproducción. Y aunque no me animaría a decir que encontraron todas las respuestas correctas, creo que nos terminaron entregando su mejor esfuerzo.
Porque, lo crean o no, siempre consideraré a “El mundo perdido: Jurassic Park” como la mejor secuela de esta saga. Y no solo porque es la única que dirigió Spielberg (aunque, valgan verdades, ese es un gran factor a su favor). Si no también porque se trata de una aventura más oscura y madura que su predecesora; de una experiencia que lidia con las consecuencias de los eventos del primer filme, y que no tiene miedo de desarrollarse más como un thriller ocasionalmente sangriento y frecuentemente tenso, que como una aventura fantástica para todas las edades. “El mundo perdido: Jurassic Park” no es comparable a la primera, por supuesto, pero al tratar de hacer algo un poquito diferente, logra destacar.

“El mundo perdido: Jurassic Park” se lleva a cabo cuatro años después de los eventos de la primera entrega, y tiene como protagonista al teórico del caos Ian Malcolm (Jeff Goldblum). Sí, esto significa que tanto Alan Grant (Sam Neill, Q.E.P.D.) como Ellie Sattler (Laura Dern) brillan por su ausencia, lo cual viene a ser, debo admitir, el mayor defecto de la cinta. No obstante, tener a Ian como personaje principal no está del todo mal –y desde un inicio demuestra haber cambiado y madurado, al reunirse con John Hammond (el gran Richard Attenborough) en su mansión, luego de haber manchado su reputación al tratar de informarle al mundo sobre lo que pasó en la isla jurásica en el filme anterior, y haber fallado en el intento.
Resulta, pues, que había un Sitio B: una segunda isla en donde los dinosaurios eran criados, para luego ser movidos al parque que se abriría al público. Y contra todo pronóstico, los animales han logrado sobrevivir y desarrollar todo un ecosistema en dicho lugar. Por ende, Hammond quiere mandar a un equipo para observarlos y estudiarlos, y quiere que Malcolm sea parte de este tipo. Como se deben imaginar, él rechaza la oferta inmediatamente, pero cambia de opinión al enterarse de que su enamorada, la paleontóloga Sarah Harding (Julianne Moore), ya está en la isla, habiendo decidido ir antes que nadie para poder observar sola a los dinosaurios.
Preocupado, Malcolm decide ir a la isla con el resto del equipo, no para observar, sino para rescatar a Sarah. Y en su travesía lo acompaña una serie de variopintos personajes: el videógrafo documentalista Nick Van Owen (Vince Vaughn); el encargado de todos los equipos, Eddie Carr (el eterno secundario Richard Schiff) y, contra su voluntad, su hija adolescente Kelly (Vanessa Chester). Al llegar, encuentran a Sarah casi inmediatamente (felizmente), pero también son alcanzados por otro grupo (más grande y con más recursos) enviado por InGen (la compañía de Hammond) que ha llegado para atrapar dinosaurios y llevárselos al continente.

En un plan más ambicioso (y loco) que el de Hammond cuatro años atrás, su sobrino, Peter Ludlow (Arliss Howard), quiere abrir un parque de atracciones con dinosaurios reales en San Diego, y para eso, ha contratado al ambicioso cazador Roland Tembo (el gran Pete Postlethwaite), quien parece ser la única persona capaz de cumplir con dicha tarea. Como suele pasar en estas películas, las cosas se salen rápidamente de control: dinosaurios escapan, gente muere y, sorprendentemente, nuestros protagonistas logran escapar de la isla. Pero a diferencia de la primera cinta, ahí no acaba la cosa, ya que Ludlow y su gente logran traer por lo menos un dinosaurio a San Diego, lo cual no sale para nada bien.
El simple hecho de que Lex (Ariana Richards) y Tim (Joseph Mazzello) cuenten únicamente con un cameo al inicio de la historia y no vayan a la isla, ya convierte a “El mundo perdido: Jurassic Park” en una experiencia más madura que su predecesora. Sí, Ian viaja con su hija Kelly, pero ella no es una niña; es una adolescente que, además, y contra todo pronóstico, logra patear y deshacerse de un velociraptor (en una de las escenas más criticadas del filme). En todo caso, se nota a leguas que Spielberg quería hacer algo menos “familiar” con esta secuela; hay un poquito más de sangre (sin hacer que la producción se convierta en algo para mayores de 18 años, por supuesto), un poco más de intensidad, y secuencias en donde decenas de personajes secundarios (y no tan secundarios) mueren.

Para Vuestro Servidor, se trata de una decisión sabia, ya que le permite a “El mundo perdido: Jurassic Park” obtener una identidad propia, ligeramente alejada de la de su predecesora inmediata. Pero a la vez, entiendo por qué ciertos espectadores no disfrutan de este filme. Cualquier sensación de asombro presente en “Jurassic Park” es reemplazada acá por terror y suspenso. Los dinosaurios son criaturas magníficas, sí, pero a excepción de ciertas criaturas, la mayoría son presentados como monstruos fieros y terribles. Los T-Rex, por ejemplo (sí, esta vez hay más de uno), se convierten en verdaderos antagonistas; que actúan por instinto, sí, tratando de proteger a sus crías, pero igual sanguinarios.
Esto último me lleva a escribir sobre las dos secuencias de suspenso más memorables de “El mundo perdido: Jurassic Park”. La primera comienza con el rescate de un bebé T-Rex por parte de Sarah y Nick, al cual llevan a su camper y tratan de curar. Esto motiva a sus enormes padres a llegar al rescate y termina convirtiéndose en una secuencia de inaguantable tensión en donde los dinosaurios empujan el camper a un acantilado. Sonará curioso, pero considero que esta es de las mejores secuencias de peligro que jamás haya dirigido Spielberg; introduce obstáculos gradualmente y de forma acumulativa (la ventana de vidrio que se va rompiendo; la soga que se va desamarrando; el camper que se va deslizando), y deja bien en claro que los personajes no son héroes invencibles, sino más bien humanos vulnerables y fallidos.
La segunda se lleva a cabo durante el tercer acto del filme e involucra a cierto dinosaurio paseándose por San Diego y causando todo tipo de destrucción. Es LA secuencia que diferencia a este filme del anterior, y la que resulta particularmente divertida. ¿Cómo no pasarla bien con un “dino” que lanza un bus al interior de un Blockbuster (¡qué nostalgia!) o que asusta a una familia entera al entrar a su jardín y comerse a su perro? (Pobre…) Entiendo que para algunos se pueda sentir como una coda curiosa o fuera de lugar, pero creo que se trata, más bien, de la conclusión lógica tanto para los planes de InGen, como para la historia que Spielberg y Koepp querían narrar.

Además, está el Factor Spielberg™. Por más que, al parecer, haya declarado que dirigió esta película en automático, el afamado cineasta igual se luce con sus decisiones de blocking y movimientos de cámara. Consideren, si no, la imagen con la que abre la película (durante un prólogo en el que vemos a una muy chiquita Camilla Belle), que pasa de un plano abierto de un yate, a seguir a un mozo, a seguir un plato con una copa, a la madre que agarra la copa, a un plano medio del padre. Nadie mueve la cámara como la dupla de Spielberg y su director de fotografía, Janusz Kaminski, y en este caso, no solo nos entregan una aventura enérgica y tensa, sino también una imagen oscura y llena de textura, que usa muy bien los claroscuros y siluetas para desarrollar suspenso.
Curiosamente, “El mundo perdido: Jurassic Park” es la película de la saga que veía más de niño –sí, incluso más que la primera. No porque me pareciera la mejor, necesariamente, sino más bien porque era la única que tenía en VHS. Por ende, la película tiene un lugar especial en mi corazón, y varios de sus momentos más memorables se han quedado grabados en mi mente; desde la transición de una madre gritando a Jeff Goldblum bostezando (una genialidad), hasta la secuencia del acantilado, los movimientos de gimnasia de Kelly, Nick gritando ¡SARAH HARDING! en plena selva (por si hay más de una Sarah perdida en la isla…) y el clímax en San Diego. “El mundo perdido: Jurassic Park” no es la mejor película de la franquicia, pero al menos para Vuestro Servidor, es la segunda mejor. ¡Lo siento, fanáticos de “Jurassic World”!
Crítica de Sebastián Zavala Kahn
Comunicador audiovisual y crítico de cine. Bachiller en Comunicación Audiovisual por la PUCP; Maestría en Artes de MetFilm School en Londres; miembro de la APRECI —Asociación de Prensa Cinematográfica—, la OFCS – Online Film Critics Society y la IFSC – International Film Society Critics, y crítico oficial de Rottentomatoes.com. Integra el staff de las webs de Nintendo Pe, Cinencuentro y Ventana Indiscreta. Maneja la cuenta de cine SebaZavaReviews desde el 2012. Cofundador de NoEsEnSerie.com y FotografíaCalato.com, y coautor del libro Videogames You Will Never Play, del colectivo Unseen64.

