Crítica “Dolor y Gloria”, una historia emocionalmente honesta e innegablemente bien construida


Por Sebastián Zavala Kahn

Dolor y Gloria” es la película más “Almodovarienta” que jamás haya realizado el popular cineasta español, si es que es válido utilizar dicha expresión. Después de todo, se trata de un filme que explora a profundidad muchos de los temas que hemos visto antes en varias de sus películas, protagonizado por un Salvador Mallo (Antonio Banderas) que, hasta cierto punto, podría considerarse como una representación del mismo Almodóvar (y no me refiero únicamente a su peinado). Para quienes hemos disfrutado siempre de la obra de Almodóvar, “Dolor y Gloria” es su mejor película en mucho tiempo, una reflexión sobre el rol del cine en el crecimiento de uno, así como el de la figura materna, y la manera en que uno puede reaccionar al deseo y a los obstáculos que se le ponen en frente. Se trata de un estudio de personaje bastante complejo, pero impecablemente interpretado, escrito y dirigido.

Mallo es un ex director de cine, un hombre relativamente joven pero ya retirado debido a las numerosas enfermedades de las que sufre. Se pasa los días escribiendo, encerrado en su escritorio, en el interior de una piscina temperada, o tomando un sinfín de pastillas, tratando de aliviar sus numerosas migrañas, dolores de espalda, y mareos. Ocasionalmente, tiene flashbacks (¿o de verdad lo son….?) en donde recuerda a su madre, Jacinta, interpretada por Penélope Cruz de joven, y por Julieta Serrano durante sus últimos años, así como encuentros con ex compañeros de trabajo —un ex actor llamado Alberto (Asier Etxeandia) lo introduce al vicio de la heroína—, o hasta viejos amores.

Es así, pues, que Salvador tiene que, poco a poco, reconciliarse con su pasado, y con las personas que formaron parte, tanto de su vida personal, como de su vida profesional. Tiene que volverse a encontrar con alguien a quien amó de verdad, pero tuvo que abandonar precisamente por estar enviciado con lo mismo que él ahora está consumiendo; tiene que relacionarse con un actor con el que no se llevaba bien, por más que hiciera un buen trabajo con sus textos; y tiene que volverse a ver con su madre, al menos simbólicamente, para aceptar lo buena influencia que fue en él, pero que también, quizá, no fue un hijo perfecto, y que pudo haber haber hecho las cosas mejor durante sus últimos años de vida.

Dolor y Gloria” es una película sobre el arrepentimiento y la depresión, así como los males —de repente simbólicos, de repente literales— de los que cualquiera podría sufrir mientras envejece, pero también trata sobre como uno los puede afrontar. Es ahí donde entra el cine, donde entra el arte: Salvador no puede vivir sin el cine, pero a la vez, no puede enfrentar un rodaje porque le duele la espalda y sufre de frecuentes atoramientos de garganta. Es así que se refugia en la escritura, en donde prácticamente vomita viejos sentimientos y arrepentimientos, los cuales luego son interpretados de manera magistral por Alberto en un monólogo teatral. Por más que, por momentos, no quiera saber nada sobre la vida ni sobre su pasado, no puede huir por mucho tiempo; de hecho, el regreso de Federico (Leonardo Sbaraglia), un viejo amor, hará que reconsidere su estado emocional actual, y poco a poco, se anime a cambiar las cosas.

Se trata de una magnífica construcción de un personaje complejo, a quien vemos atravesar varias etapas importantes de su vida post-fama, en la que no encuentra una sólida razón para seguir adelante. El trabajo de Antonio Banderas es excelente —su rostro es enormemente expresivo, lo cual ayuda, más que nada, durante los momentos de menos diálogo, y su look, con un peinado muy parecido al del mismísimo Almodóvar, y con una barba ya salpicada de canas, contribuye a su caracterización de artista problemático y, hasta cierto punto, egocéntrico. De hecho, al menos al principio de la película, Mallo parece ser el arquetipo de artista sufrido, lo cual me hizo pensar, por unos momentos, que el personaje no iría más allá de ciertos clichés —pues no debí subestimar a Almodóvar. Lo que hace el experimentado cineasta es usar un arquetipo como base para desarrollar a un protagonista que se siente muy humano, y que tiene muchas razones para estar atravesando un momento particularmente difícil en su vida. No debí dejarme llevar por las primeras impresiones.

Resulta interesante, además, la manera en que Almodóvar utiliza los flashbacks. En ellos, vemos no solo el rol de su madre, Jacinta, en los primeros años de su vida, si no también algunos momentos de despertar sexual, en los que parecía comenzar a darse cuenta de su atracción por las personas de su mismo sexo. Todo es presentado de manera bastante inocente e idealizada… lo cual, por supuesto, tiene una explicación, la cual es revelada magistralmente durante el memorable plano final de la película. Cruz —quien siempre da sus mejores actuaciones con Almodóvar— está muy bien como una madre exigente, consciente de lo inteligente que es su hijo —tan habilidoso es, que a los diez años, le enseña a leer y escribir a un obrero—, y por ende, frustrada de lo poco que le puede dar. Pero Julieta Serrano también convence como una versión más desgastada del personaje, algo decepcionada por un hijo que, a pesar de ser exitoso, no terminó siendo todo lo que a ella le hubiera gustado que sea.

No hay duda de que hay elementos autobiográficos en “Dolor y Gloria”, pero esa no es la razón principal para ver la película. Sí, es lo más cerca que tendremos a una autobiografía de Almodóvar en formato de largometraje de ficción, pero “Dolor y Gloria” es mucho más que un ejercicio de autocomplacencia. A pesar de tener algunos pasajes ligeramente pretenciosos, y hacer uso de una narración en off por parte de Banderas que va y viene con cierta frecuencia, “Dolor y Gloria” jamás se convierte en una experiencia pesada o demasiado centrada en el ego de su autor. Se siente, más bien, como una historia honesta y emocionalmente cruda, la cual, efectivamente, transmite algunos de los temas que hemos visto incontables veces en la filmografía de Almodóvar, pero lo hace de manera innegablemente entretenida y astuta. Resulta muy fácil identificarse con Salvador, por más que no todos —espero— hayamos sufrido de incontables enfermedades, tenido la necesidad de tomar un cóctel de pastillas todas las noches, o estado en medio de una adicción a la heroína.

Visualmente, “Dolor y Gloria” hace un gran uso de colores intensos —rojos y naranjas en el departamento de Salvador, tonos de azul durante los flashbacks de la infancia— para desarrollar un mundo en el que las emociones son representadas a través de la dirección de arte. Puede que Salvador no siempre se anime a expresar sus sentimientos abiertamente, pero todo lo que lo rodea —especialmente durante los episodios más intensos de su enfermedad— es más que suficiente para que el espectador entienda lo que está viviendo, y por qué. La cámara de Almodovar enfatiza el arte que rodea a sus personajes, pero también sabe cuándo acercarse para mostrarnos rostros infinitamente expresivos, y manos que acarician dichos rostros para expresar, aunque sea de forma sutil, el cariño que los personajes sienten los unos por los otros. “Dolor y Gloria” es una cinta engañadoramente sencilla —puede que Almodóvar no use grandes movimientos de cámara o planos complejos, pero hacer lo que él hace (y tan bien) no es fácil en lo absoluto.

Dolor y Gloria” es una de las mejores películas en la filmografía de Pedro Almodóvar, una cinta que mezcla recuerdos reales y ficción, para desarrollar una historia emocionalmente honesta e innegablemente bien construida. El trabajo de Banderas es excelente —y ayuda a demostrar como, tanto él como Penélope Cruz, han sido desperdiciados por Hollywood—, el reparto secundario es de primer nivel, y el uso de los colores y la luz complementa el drama a la perfección. “Dolor y Gloria” es una de las películas más personales de Almodóvar —lo cual, si conocen su filmografía, ya es decir bastante—, pero a la vez podría considerarse, también, como una de sus más accesibles. Da gusto ver una película como “Dolor y Gloria” en la pantalla grande —se trata de un oasis de calidad en una cartelera que no siempre se anima a incluir filmes de este tipo.

Crítica de Sebastián Zavala Kahn
Comunicador audiovisual y crítico de cine. Bachiller en Comunicación Audiovisual por la PUCP, miembro de la APRECI —Asociación de Prensa Cinematográfica—, y crítico oficial de Rottentomatoes.com. Integra el staff de las webs de MasGamers, Nintendo Pe y Fans de Zelda Perú, y el portal web Cinencuentro. Adicionalmente, es YouTuber para el canal Aprieta Start, formó parte del staff de prensa del 18 Festival de Cine de Lima, y trabajo durante dos años como encargado de la Red de Teatros en FoLk. Desde enero del 2012 publica videocríticas y comentarios de cine en el blog Proyectando Ideas. Cofundador y editor en FotografíaCalato.com, y coautor del libro sobre videojuegos Videogames You Will Never Play, del colectivo Unseen64.

Web: www.sebastianzavala.com
Twitter: @sebastianzavala

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